La industria de los videojuegos, ese gigante de mil cabezas que mueve más dinero que el cine y la música juntos, tiene una memoria corta, pues se olvida rápido de los créditos que pasan a toda velocidad, de los nombres que se pierden en la pantalla de carga; en las oficinas de Bethesda en Rockville, Maryland, un puñado de trabajadores decidió que los ejecutivos de Microsoft no tuvieran ese lujo. No iban a dejar que el brillo de una demo de The Elder Scrolls VI ocultara la realidad de los cientos de compañeros que ya no estaban.
La visita de Asha Sharma, la nueva y contundente CEO de Xbox, era el evento del día. La ejecutiva, que apenas unos meses atrás había tomado las riendas de una división que lucha por encontrar su rumbo financiero, llegó para ver en vivo el futuro de la franquicia más esperada de la compañía.
Y mientras ella se maravillaba con la “escala y grandeza” de la próxima aventura por Tamriel, afuera de las mismas oficinas, una rata inflable gigante llamada Scabby y un ejército de banderas rojas le recordaban a todo el que pasara que los videojuegos no se hacen con poder de procesamiento, sino con personas.

Asha Sharma no es una ejecutiva de videojuegos al uso, su currículum huele a Silicon Valley: Meta, Instacart y, más recientemente, la división de CoreAI de Microsoft; cuando asumió el cargo en febrero de 2026, reemplazando al mítico Phil Spencer, muchos en la comunidad alzaron una ceja. ¿Una ejecutiva de plataformas y datos al frente de Xbox? ¿Alguien que no había crecido con un mando en la mano? Sharma respondió con hechos y prometió que su visión era clara: restaurar la rentabilidad de un negocio que, en sus propias palabras, “no es saludable”.
Esa falta de salud se tradujo en números: En un memo interno en julio, la propia Sharma anunció la “reestructuración más significativa en la historia de Xbox“. La cifra fue brutal: 3.200 puestos de trabajo serían eliminados durante el año fiscal, con 1.600 despidos inmediatos.
La división de videojuegos de Microsoft, según se justificó, perdía alrededor de 64 centavos por cada dólar invertido en estudios. Los márgenes de beneficio eran tres o incluso diez veces más bajos que los de sus competidores. Había que poner orden en la casa.

Ese orden implicaba, entre otras cosas, vender estudios: Compulsion Games y Double Fine volvían a la independencia; Ninja Theory y Undead Labs buscaban nuevos dueños y los recortes masivos llegaban a las oficinas de ZeniMax, el gigante que Microsoft compró en 2021. Bethesda, id Software, ZeniMax Online Studios, todos vieron cómo sus filas se reducían.
La visita de Sharma a Bethesda, quizás, no era una casualidad, sino la foto oficial del nuevo régimen, la demostración interna de The Elder Scrolls VI era el premio de consolación, el recordatorio de que, pese a todo, el futuro seguía siendo brillante.
“La escala y la grandeza son increíbles”, escribió Sharma en su cuenta de X, “La historia es aún mayor”. Bethesda Game Studios le respondió con el mismo entusiasmo, agradeciendo su visita. Todo parecía perfecto, una postal de la armonía corporativa. Pero el sindicato no había recibido la invitación.
La protesta de los olvidados
OneBGS, el sindicato de trabajadores de Bethesda Game Studios afiliado a la CWA, sabía que la visita de la cúpula directiva era la oportunidad perfecta para hacer visible lo que los comunicados oficiales maquillaban: no se trataba de una huelga salvaje ni de un enfrentamiento violento, más bien fue, en esencia, una lección de memoria.
Scabby the Rat se infló frente a las oficinas de Rockville, una rata gigante, símbolo del sindicalismo estadounidense desde finales de los 80, es un arma visual diseñada para avergonzar. Originaria de los sindicatos de la construcción de Chicago, su nombre juega con la palabra “scab” (esquirol o rompehuelgas). No es una rata cualquiera; es la rata que señala a quien maltrata a sus trabajadores. Y ahí estaba, frente a las oficinas de uno de los estudios más prestigiosos del mundo, mientras la nueva CEO veía cómo su juego estrella cobraba vida.

Pero la rata era solo era el primer y más llamativo golpe, pues en el césped exterior, los trabajadores plantaron cientos de banderas rojas que, de acuerdo con el sindicato y los reportes de la prensa especializada, había alrededor de 800.
Cada una de ellas representaba a un trabajador del sector de los videojuegos que había sido despedido por Microsoft en 2026. No eran números fríos, eran compañeros de equipo, amigos.
“No vamos a permitir que los ejecutivos olviden de qué están hechos realmente los estudios de videojuegos: de sus trabajadores”, escribió OneBGS en Bluesky.
Nathan Hahn, productor técnico y miembro del sindicato, explicó a los medios la intención del acto: “Escuchamos que el liderazgo de Microsoft vendría a nuestra oficina esta semana y decidimos hacer visible nuestra presencia para mostrar cómo estos despidos devastadores han afectado a nuestros desarrolladores”.

Y es que la protesta no se limitó al exterior, ya que, dentro de las oficinas, los trabajadores colocaron carteles en los cubículos haciendo alusión al movimiento. La gerencia les pidió que no los enfrentaran hacia el exterior.
La solución fue creativa y no menos provocadora: cambiaron los carteles por globos, visibles desde dentro, que recordaban a todos los que pasaban por los pasillos que el ambiente no era de celebración, sino de duelo.
No hubo enfrentamientos con la seguridad, ni incidentes violentos, solo la presencia incómoda de una realidad que el discurso de la rentabilidad y la reestructuración intenta enterrar.
El costo de la reestructuración
Para entender la protesta, hay que leer las cifras de los despidos: El anuncio del 6 de julio fue un terremoto cuyas réplicas se sintieron en todo el ecosistema de Xbox; los avisos legales WARN en Maryland confirmaron 213 despidos en ZeniMax Online Studios y 166 en ZeniMax Media en Rockville.
En Texas, id Software, los creadores de Doom y Quake, también sufrieron un duro golpe, con cifras que rondaban los 136 puestos afectados; el sindicato OneBGS elevó la cifra de afectados en el ecosistema ZeniMax/Bethesda a 440 posiciones sindicalizadas, una declaración que, aunque no es oficial, refleja la magnitud del descontento.
Todo esto ocurre mientras el sindicato negocia su primer contrato con Microsoft. Un proceso que debía ser el inicio de una nueva era de diálogo laboral, tras los acuerdos de neutralidad firmados en 2022 y el reconocimiento del sindicato en 2024 con 241 miembros iniciales.

En lugar de eso, los trabajadores se enfrentan a una reestructuración masiva que, según denuncian, se realizó sin el debido proceso de negociación sobre los efectos de los despidos. Han presentado quejas por prácticas laborales desleales, exigiendo mejores indemnizaciones, extensión de los seguros médicos y derechos de reincorporación.
La protesta del 11 de agosto es el segundo acto de una obra que comenzó el 15 de julio, cuando se realizaron las marchas “Save Our Devs” en Rockville, Austin, Dallas y Montreal. El siguiente capítulo está planeado para el 18 de agosto, con más movilizaciones en Estados Unidos y Canadá.
Los ecos de la independencia
El título de esta nota busca un paralelismo un tanto irónico. Bethesda, el estudio que supo ser un bastión de la independencia en el desarrollo de RPGs, es ahora el escenario de una protesta sindical contra su propio dueño. Los ecos de esa independencia, de aquella época en la que respondían solo ante sus propias ambiciones creativas, resuenan ahora en el grito de sus trabajadores. No reclaman la libertad creativa, sino la dignidad laboral.
The Elder Scrolls VI, un juego que fue anunciado en 2018 con un simple vídeo de montañas y que aún no tiene ventana de lanzamiento, se ha convertido en el símbolo de esta tensión. Por un lado, es el producto estrella que justifica la inversión y la reestructuración; por otro, es el recordatorio de que el proceso de crear esa “escala y grandeza” que alaba Sharma implica el esfuerzo y el sacrificio de cientos de personas que, en cuestión de semanas, pueden pasar de ser el talento a ser un número en un informe de pérdidas.

La visita de Sharma, más allá de la demo, fue un acto político: Un apretón de manos a los equipos que quedan, un mensaje de que el barco sigue adelante, pero Scabby y las banderas rojas no solo honraban a los despedidos, también advertían a la nueva CEO y a todo el liderazgo de Xbox: la memoria de los trabajadores es larga, y los ecos de su lucha son más difíciles de acallar que la música de un tráiler.
La industria quiere ser eterna, pero olvida que depende de la gente que la construye día a día. En Rockville, al menos por un día, se acordaron de eso.







